Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony tuvo la impresión de que durante el último año Bloeckman había aumentado mucho en dignidad. El aire como de carne cocida había desaparecido; el magnate cinematográfico parecía por fin suficientemente «hecho». Además, ya no iba vestido con elegancia pasada de rosca. La frivolidad de otro tiempo en la elección de corbatas había desaparecido, y su mano derecha, en la que destacaban anteriormente dos voluminosas sortijas, quedaba ahora libre de todo adorno y sin el brillo vulgar que dejan los cuidados de las manicuras.
Esta dignidad se manifestaba incluso en su personalidad. El último efluvio del viajante de comercio con éxito se había evaporado de él: ese deliberado deseo de agradar, cuya más baja manifestación es el chiste verde en el vagón de fumadores. Era posible imaginar que al verse adulado en los círculos financieros, Bloeckman había alcanzado la indiferencia, y al verse desairado socialmente, había adquirido discreción. Pero fuera cual fuese la causa, el vicepresidente de Films Par Excellence había ganado peso en lugar de volumen, y Anthony no se sintió ya superior en su presencia.
—¿Se acuerda usted de Caramel, Richard Caramel? Creo que se conocieron ustedes una noche.
—Lo recuerdo. Estaba escribiendo un libro.