Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Gracias. —Luego, como devolviendo de alguna forma el gesto de cortesía, añadió—: ¿Qué tal está su abuelo?

—Se encuentra bastante bien últimamente. Hoy he comido con él.

—Una gran persona —dijo Bloeckman con gran seriedad—. Todo un americano.

El triunfo de la apatía

Anthony encontró a su esposa hundida en la hamaca del porche, tomando una limonada y un sándwich de tomate, y manteniendo con Tana una conversación —al parecer muy animada— sobre uno de los complicados temas característicos del criado japonés.

—En mi país —Anthony reconoció su invariable introducción—, todo el tiempo… personas… comen arroz… porque no tienen más. No pueden comer lo que no tienen. —Si su nacionalidad no fuese un hecho tan irrefutable, cabría haber pensado que los conocimientos de Tana sobre su país de origen procedían de un texto americano de geografía para escuelas primarias.

Después de desconcertar al oriental y devolverlo a la cocina, Anthony se volvió hacia Gloria inquisitivamente.

—Todo en orden —anunció ella, sonriendo ampliamente—. Y te aseguro que a mí me ha sorprendido más que a ti.

—¿No hay ninguna duda?


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