Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¡Ninguna! ¡No serÃa posible!
Los dos se alegraron, felices de nuevo con su renacida ausencia de responsabilidades. Luego, Anthony habló de su oportunidad de ir a Europa y de que casi le daba vergüenza rechazarla.
—¿A ti qué te parece? DÃmelo con toda franqueza.
—¿Es que quieres marcharte? — Sus ojos se llenaron de alarma—. ¿Sin m�
El rostro de Anthony se entristeció… sabÃa, sin embargo, al oÃr la pregunta de su mujer, que era demasiado tarde. Los brazos de Gloria, dulces y asfixiantes, lo tenÃan apresado desde que él tomó todas las posibles decisiones un año antes en aquella habitación del hotel Plaza. Frente a los sueños que soñaron juntos esta idea actual no era más que un anacronismo.
—Claro que no —mintió Anthony, en un generoso estallido de comprensión—. HabÃa pensado que quizá pudieras ir tú también de enfermera o algo parecido. —Se preguntó, lleno de desánimo, si su abuelo estarÃa dispuesto a considerar semejante posibilidad.