Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al sonreírle Gloria, volvió a darse cuenta de lo hermosa que era, una muchacha maravillosa de incomparable lozanía y ojos absolutamente sinceros. Ella acogió la sugerencia con sensual intensidad, colocándola en lo alto como si fuera un sol fabricado por ella para calentarse con sus rayos. Enseguida compuso un asombroso guión para un espectacular drama de aventuras marciales.
Después de cenar, harta del tema, empezó a bostezar. No quería hablar, tan solo leer Penrod tumbada en el sofá, donde se quedó dormida a medianoche. Anthony, en cambio, después de subirla románticamente en brazos a su cuarto, siguió despierto, cavilando acerca del día, vagamente irritado con ella, vagamente insatisfecho.
—Tengo que encontrar alguna ocupación —dijo durante el desayuno—. Llevamos un año casados y no hemos hecho más que perder el tiempo sin llegar siquiera a ser de esas personas que sacan partido al ocio.
—Sí, tendrías que hacer algo —admitió ella, que se encontraba de buen humor y con ganas de hablar. No era la primera vez que surgía aquel tema, pero como siempre tendía a situar a Anthony en el papel de protagonista, Gloria procuraba evitarlo.