Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —No es que me cause remordimientos el no trabajar —continuó Anthony—, pero mi abuelo puede morirse mañana o vivir diez años más. Mientras tanto estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades y todo lo que hemos sacado en limpio es un coche de granjero y un poco de ropa. Tenemos alquilado un apartamento en el que solo hemos vivido tres meses y una casita vieja en el quinto infierno. Nos aburrimos con frecuencia pero no queremos hacer ningún esfuerzo para conocer gente distinta del grupo que se dedica a vagabundear por California todo el verano, vistiendo trajes deportivos y esperando a que se mueran sus familias.
—¡Cómo has cambiado! —comentó Gloria—. En cierta ocasión me dijiste que no entendÃas por qué un americano no podÃa holgazanear elegantemente.
—Pero entonces no estaba casado, maldita sea. Y mi cabeza trabajaba a toda velocidad, mientras que ahora se dedica a dar vueltas y más vueltas, como una rueda dentada que no tiene donde engancharse. De hecho creo que si no te hubiese conocido habrÃa hecho algo. Pero tú conviertes la ociosidad en algo tan sutilmente atractivo…
—¿Asà que es todo culpa mÃa?
—No es eso lo que querÃa decir, y tú lo sabes. Pero aquà me tienes, con casi veintisiete años…