Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡No me saques de mis casillas! —le interrumpió ella, muy enfadada—. ¡No hables como si yo pusiera objeciones o te impidiera trabajar!

—Solo estaba analizando un problema. ¿Es que no puedo…

—Siempre habría pensado que tienes la suficiente fuerza de voluntad para…

—… comentar algo contigo sin que…

—… resolver tus propios problemas sin acudir a mí. Hablas mucho sobre ponerte a trabajar. A mí no me vendría mal disponer de algún dinero más, pero no me quejo. Te quiero tanto si trabajas como si no lo haces. —Sus últimas palabras fueron tan dulces como la nieve sobre la tierra endurecida. Pero, de momento, ninguno de los dos escuchaba al otro… estaban ocupados en pulir y perfeccionar su propia actitud.

—Algo he trabajado. —Con estas palabras Anthony proporcionó imprudentemente nuevas reservas a la oposición. Gloria se echó a reír, a mitad de camino entre la burla y el aplauso; le parecían mal los sofismas de su marido y al mismo tiempo admiraba su despreocupación. Nunca le echaría en cara su ociosidad siempre que fuera sincera, que surgiera del convencimiento de que no había nada que mereciera la pena hacerse.


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