Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡Trabajo! —se burló ella—. ¡Pobrecito infeliz! ¡Cuentista! Trabajo… quieres decir un gran despliegue de energías para ordenar el escritorio y preparar las luces, un meticuloso sacar punta a los lápices, y gritos de «¡Gloria, no cantes!», «¡Haz el favor de conseguir que ese condenado Tana no me dé la lata!», «Déjame que te lea la primera frase», «Voy a estar ocupado mucho tiempo, Gloria, así que no me esperes levantada», y grandes cantidades de té o café. Y eso es todo. Al cabo de una hora ya no oigo el garrapateo del lápiz y me vuelvo a mirarte. Tienes un libro en las manos y estás «buscando» algo. Luego te pones a leer. Después bostezas… te vas a la cama y empiezas a dar vueltas y más vueltas porque te has atiborrado de cafeína y no puedes dormir. Y al cabo de dos semanas repites otra vez el mismo espectáculo.

Con grandes dificultades Anthony mantuvo un mínimo de dignidad.

—Me parece que exageras un poco. Sabes de sobra que vendí un ensayo a The Florentine… y que despertó mucho interés teniendo en cuenta la tirada reducida de esa revista. Y más aún, sabes perfectamente que me quedé hasta las cinco de la mañana terminándolo.

Gloria se había limitado a permanecer en silencio, y aunque a Anthony no llegaran a condenarlo sus propios argumentos, lo cierto es que se le acababan enseguida.


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