Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Por lo menos —concluyó débilmente—, estoy perfectamente dispuesto a ser corresponsal de guerra.

Pero Gloria también lo estaba. Los dos se hallaban dispuestos… ansiosos; se lo aseguraron mutuamente. La velada terminó en un ambiente de profundos sentimientos, la grandeza del ocio, la mala salud de Adam Patch, el amor a cualquier precio.

—¡Anthony! —lo llamó ella desde el piso alto, una tarde de la semana siguiente—, hay alguien en la puerta.

Anthony, que había estado tumbado en la hamaca del porche que daba al sur, salpicado de sol, dio la vuelta alrededor de la casa para llegar a la parte delantera. Un automóvil extranjero, grande e imponente, estaba agazapado como un inmenso y melancólico insecto al comienzo de la avenida. Un hombre con un traje muy ligero de seda japonesa y una gorra haciendo juego lo saludó.

—¿Qué tal, Patch? He venido a hacerles una visita.

Era Bloeckman, dando la misma sensación de haber mejorado, de poseer una entonación más sutil, una seguridad en sí mismo mucho más convincente.

—Me alegro mucho de que lo haya hecho. —Anthony levantó la voz en dirección a una ventana cubierta de enredaderas—: ¡Gloria! ¡Tenemos visita!

—Me estoy bañando —se lamentó Gloria, cortésmente.


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