Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El sábado terminaba, por regla general, en encantadora confusión: con frecuencia resultaba necesario ayudar a algún huésped desorientado a llegar hasta la cama. El domingo traía consigo los periódicos de Nueva York y una tranquila mañana en el porche dedicada a recuperarse; la tarde significaba decir adiós a uno o dos huéspedes que debían regresar a la ciudad, y una animada vuelta a la bebida por parte de los que se quedaban hasta el día siguiente, concluyendo con una velada muy cordial, si es que no llegaba a francamente divertida.