Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Parece inevitable tener que llevar a cabo este proceso, de manera que también Anthony y Gloria arrastran mesas, amontonan sillas, enrollan alfombras y rompen lámparas. Cuando todos los muebles han sido hacinados en feos bultos a los lados de la habitación, queda libre un cuadrado de unos ocho pies de lado.

MURIEL. ¡Que empiece la música!

MAURY. Tana interpretará la canción de amor de un especialista de ojos, oídos, nariz y garganta.

En medio de cierta confusión provocada por el hecho de que Tana se ha retirado a descansar, se hacen los preparativos para su interpretación. Al japonés (en pijama y flauta en mano) se le envuelve en una colcha y se le coloca en una silla encima de una de las mesas, donde lleva a cabo un ridículo y grotesco espectáculo. Paramore está palpablemente borracho y tan entusiasmado con la idea, que refuerza esta impresión fingiendo tambalearse al estilo de las historietas cómicas y aventurándose incluso a escenificar ataques de hipo de cuando en cuando.

PARAMORE. (A Gloria) ¿Quieres bailar conmigo?

GLORIA. ¡No, señor! Quiero bailar la danza del cisne. ¿Sabes cómo se hace?

PARAMORE. Claro que sí. Sé hacerlas todas.

GLORIA. De acuerdo. Tú empiezas por ese lado de la habitación y yo por este.

MURIEL. ¡Vamos allá!


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