Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La confusión más absoluta sale gritando de las botellas: Tana se zambulle en los más recónditos laberintos de la canción del tren, mezclando las melancólicas cadencias de la flauta quejumbrosa con «Pobre Butterfly (tintineo de campanillas), esperando entre los almendros en flor» del fonógrafo. Muriel está tan debilitada por la risa que solo es capaz de agarrarse desesperadamente a Barnes, quien, bailando con la ominosa rigidez de un oficial del ejército, se mueve pesadamente sobre el reducido espacio libre de muebles. Anthony trata de oír los susurros de Rachel… sin llamar la atención de Gloria…
Pero todavía tiene que producirse un incidente grotesco, increíble, histriónico; uno de esos incidentes en que la vida parece dispuesta a imitar apasionadamente las formas más bajas de la literatura. Paramore está tratando de emular a Gloria, y cuando el tumulto llega a su punto culminante, Fred empieza a girar sobre sí mismo, cada vez más vertiginosamente… se tambalea, recupera el equilibrio, vuelve a perderlo y cae en dirección al vestíbulo… casi en brazos del viejo Adam Patch, cuya llegada ha pasado inadvertida debido al alboroto.
Adam Patch está muy pálido. Se apoya en un bastón. Lo acompaña Edward Shuttleworth, que sujeta a Paramore por el hombro y desvía la trayectoria de su caída, alejándolo del venerable filántropo.