Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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El tiempo requerido para que el silencio descienda sobre la habitación como un monstruoso paño mortuorio puede calcularse en unos dos minutos, aunque después, y durante un breve período de tiempo, el fonógrafo sigue sonando y de la flauta de Tana gotean las notas de la canción japonesa del tren. De las nueve personas presentes, solo Barnes, Paramore y Tana desconocen la identidad del recién llegado. De los nueve ni uno solo está al corriente de que esta misma mañana Adam Patch ha hecho un donativo de cincuenta mil dólares en apoyo de la campaña para declarar ilegales las bebidas alcohólicas en todo el territorio nacional.

Le corresponde a Paramore romper el silencio que se ha ido acumulando y con su increíble comentario alcanza el punto culminante de su vida de depravación.

PARAMORE. (Arrastrándose hacia la cocina a cuatro patas lo más deprisa que puede) Yo no soy un invitado… trabajo aquí.

De nuevo se hace el silencio… tan denso esta vez, tan cargado de un temor intolerablemente contagioso, que Rachel deja escapar una risita nerviosa, y Dick se descubre repitiendo una y otra vez un verso de Swinburne, grotescamente apropiado para la escena:

«Una desolada y marchita flor carente de aroma.»

De la quietud surge la voz de Anthony, serena y fatigada, que dice algo a Adam Patch; luego, también las palabras del dueño de la casa se esfuman.


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