Hermosos y malditos
Hermosos y malditos SHUTTLEWORTH. (Con entonación apasionada) Su abuelo tuvo la idea de venir a verlos dando un paseo en coche. Yo telefoneé desde Rye y dejé el recado.
Una serie de breves jadeos, que, al parecer, no surgen de ningún sitio ni de nadie, llenan la siguiente pausa. Anthony está tan blanco como un trozo de yeso. Gloria tiene la boca abierta y aunque mira al anciano de igual a igual, sus ojos revelan tensión y miedo. No hay nadie que sonría en la habitación. ¿Nadie? ¿O es que la boca contraída de Cross Patch solo se abre, ligeramente temblorosa, para mostrar los escasos dientes que aún encuentran cobijo en sus encías? Finalmente habla… cinco palabras muy sencillas pronunciadas con voz apacible.
ADAM PATCH. Ahora volvamos a casa, Shuttleworth. (Y eso es todo. El filántropo se da la vuelta y, ayudado por el bastón, atraviesa el vestíbulo, cruza la puerta principal, y el ruido de sus pasos inseguros, al alejarse por la avenida de grava bajo la luna de agosto, se llena de ominosos significados)
Ante esta adversidad Anthony y Gloria quedaron reducidos a la situación de dos peces de colores en una pecera sin agua; ni siquiera eran capaces de acercarse nadando el uno al otro.
