Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Luego la serenidad, la satisfacción, habían perdido intensidad, volviéndose grises; muy raras veces, por el acicate de los celos o de una forzosa separación, volvían los antiguos éxtasis, la manifiesta comunión entre las almas, la agitación emotiva. A Gloria le resultaba posible odiar a Anthony un día entero, estar enfadada con él durante toda una semana. La recriminación había desplazado al afecto como desahogo, convertida casi en diversión, y había noches en que se acostaban tratando de recordar quién estaba enfadado y quién tendría que mostrarse reservado a la mañana siguiente. Y con el transcurso del segundo año habían aparecido dos nuevos elementos. Gloria se dio cuenta de que Anthony era capaz de sentir una completa indiferencia hacia ella, una indiferencia momentánea, en gran parte por pura apatía, pero de la que Gloria no lograba sacarlo con una palabra susurrada, o cierta íntima sonrisa. Había días en que sus caricias tenían sobre él un efecto asfixiante. Gloria era consciente de estas cosas, pero nunca llegaba a admitírselas del todo a sí misma.