Hermosos y malditos

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El invierno del descontento

Antes de que llevaran dos meses viviendo en el pequeño apartamento de la calle Cincuenta y siete, Gloria y Anthony descubrieron que sus habitaciones —de la misma manera indefinible pero casi material— habían llegado a contaminarse como la casa gris de Marietta. Estaba el sempiterno olor a tabaco (los dos fumaban incesantemente) que se agarraba a la ropa, a las mantas, a las cortinas y a las alfombras cubiertas de ceniza. A esto había que añadir los molestos efluvios a vino rancio, con su inevitable sugerencia de belleza echada a perder y de juergas que se recuerdan con disgusto. En el aparador había un determinado juego de copas de cristal en las que el olor resultaba particularmente intenso, y en la habitación principal la mesa de caoba estaba cubierta de círculos blancos en los sitios donde se habían dejado vasos y copas. Daban fiestas con frecuencia; los invitados rompían cosas, vomitaban en el cuarto de baño de Gloria, derramaban el vino y ensuciaban la cocina de manera inconcebible.





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