Hermosos y malditos

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Todas estas cosas eran parte habitual de su existencia. A pesar de las resoluciones de muchos lunes, a medida que se acercaba el fin de semana quedaba tácitamente entendido que era necesario celebrarlo con alguna especie de diversión profana. Cuando llegaba el sábado el asunto no se discutía, sino que llamaban a algún amigo suficientemente irresponsable y sugerían una cita. Unicamente después de estar reunidos y de haber sacado las botellas, Anthony murmuraba con aire indiferente: «Creo que yo solo tomaré un whisky con soda…».

Luego se pasaban dos días fuera de casa, descubriendo en un amanecer invernal que habían sido los componentes más ruidosos y destacados del grupo más ruidoso y llamativo del Boul’ Mich’, o del Club Ramée, o de otros locales de diversión mucho menos exigentes sobre las manifestaciones de júbilo de su clientela. También descubrían que, de algún modo, habían malgastado ochenta o noventa dólares; ¿cómo?, nunca lo sabían; habitualmente lo achacaban a la general penuria de los «amigos» que los habían acompañado.

Empezó a ser frecuente que los más sinceros de sus amigos los reconvinieran durante la misma celebración de una fiesta, pintando un final sombrío para los dos, ligado a la pérdida de la belleza de Gloria y al deterioro físico de Anthony.


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