Hermosos y malditos

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Anthony se descubrió asociando su propia existencia a la del ascensorista nocturno de la casa donde vivían, una persona de unos sesenta años, de barba rala, con aspecto de hallarse muy por encima del trabajo que realizaba. Probablemente había conseguido el empleo debido a aquella característica, que le convertía en una memorable y patética figura, en un símbolo del fracaso humano. Anthony recordó, sin que le divirtiera en absoluto, un antiquísimo chiste acerca de que en la carrera de un ascensorista había muchos altibajos; en cualquier caso se trataba de una vida de encierro y de infinita monotonía. Cada vez que ponía el pie en el ascensor, Anthony aguardaba conteniendo el aliento a que el anciano dijera: «Vaya, parece que hoy vamos a tener un poco de sol», pensando en lo poco que podría disfrutar de la lluvia o del sol en aquella pequeña jaula mal ventilada, en un vestíbulo sin ventanas y paredes color de humo.

Después de ser una figura sin relieve, el ascensorista alcanzó estatura trágica al dejar la vida que tan mezquinamente lo había tratado. Una noche aparecieron tres jóvenes pistoleros, lo ataron y lo dejaron en el sótano sobre una pila de carbón mientras ellos registraban el cuarto de los trastos. El conserje lo encontró sin sentido a la mañana siguiente a causa del frío. Cuatro días más tarde, falleció de neumonía.


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