Hermosos y malditos

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Lo sustituyó un negro parlanchín de Martinica —de incongruente acento británico e inclinado a mostrarse desabrido— a quien Anthony detestaba cordialmente. La muerte del anciano ascensorista tuvo sobre él aproximadamente el mismo efecto que la historia del gatito había tenido sobre Gloria. Sirvió para recordarle la crueldad de la vida en general y, en consecuencia, la creciente amargura de la suya propia.

Anthony estaba escribiendo… y haciéndolo por fin seriamente. Fue a ver a Dick y escuchó, durante una hora llena de tirantez, explicaciones sobre detalles de procedimiento que hasta entonces había considerado absolutamente desdeñables. Necesitaba dinero inmediatamente: todos los meses tenía que vender bonos para pagar las facturas. Dick se mostró franco y explícito:

—Por lo que se refiere a artículos sobre temas literarios en revistas de muy poca difusión, nunca te darán lo suficiente para pagar el alquiler. Por supuesto, si una persona tiene el don del humor, o la posibilidad de escribir una biografía importante, o algún conocimiento especializado, puede encontrar un filón y hacerse rico. Pero para ti no hay otra posibilidad que la narración. ¿Dices que te hace falta dinero inmediatamente?

—Así es.


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