Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Bueno, necesitarÃas probablemente año y medio antes de empezar a ganar algún dinero con una novela. Inténtalo con narraciones breves de tipo popular. Y, por cierto, si no son excepcionalmente brillantes, tienen que resultar alegres y del lado de la artillerÃa más pesada si quieres ganar dinero con ellas.
Anthony pensó en las más recientes producciones de Dick —publicadas en una revista mensual muy conocida—, que se ocupaba básicamente de las absurdas acciones de cierto tipo de monigotes rellenos de serrÃn que, según se afirmaba, eran personas de la sociedad de Nueva York, y que giraban, por regla general, sobre el problema de la pureza de la heroÃna a nivel técnico, con alusiones pretendidamente sociológicas a las «locas excentricidades de los cuatrocientos».
—Pero tus historias… —exclamó Anthony en voz alta, casi de manera involuntaria.
—Ah, eso es diferente —afirmó Dick, con gran asombro de su interlocutor—. Yo tengo ya una reputación, ¿comprendes?, asà que estoy obligado a ocuparme de temas fuertes.
Anthony tuvo un sobresalto interior, dándose cuenta por aquella observación de lo mucho que Richard Caramel se habÃa deteriorado. ¿Pensaba realmente que aquellas sorprendentes producciones suyas de última hora eran tan buenas como su primera novela?