Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A mediados de enero murió el padre de Gloria, y se trasladaron de nuevo a Kansas City; el viaje fue pésimo, porque Gloria se pasó todo el tiempo meditando amargamente, no sobre la muerte de su padre, sino sobre la de su madre. Una vez que estuvieron en orden los asuntos de Russell Gilbert, el joven matrimonio entró en posesión de unos tres mil dólares y de muchos muebles. Estos últimos se hallaban en un almacén, porque Mr. Gilbert había pasado sus últimos días en un pequeño hotel. Anthony hizo un nuevo descubrimiento acerca de Gloria debido a este fallecimiento. Durante el viaje hacia el este, su mujer se reveló, asombrosamente, como bilfista.
—Pero, Gloria —exclamó él—, no irás a decirme que crees en esas cosas.
—Bueno —dijo ella, desafiante—, ¿por qué no?
—Porque es… es fantástico. Sabes perfectamente que eres agnóstica en el más amplio sentido de la palabra. Te reirías de cualquier forma ortodoxa de cristianismo… y luego vienes con la afirmación de que crees en una estúpida regla sobre la reencarnación.