Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¿Y qué más da que lo haga? Os he oÃdo a ti y a Maury, y a todas las personas por cuya inteligencia siento un mÃnimo de respeto, mostraron de acuerdo en que la vida, tal como se nos presenta, carece totalmente de sentido. Pero siempre me ha parecido que si yo estuviera aquà aprendiendo algo de manera inconsciente, quizá la vida tuviera un poco más de sentido.
—No estás aprendiendo nada… únicamente te sientes cansada. Y si necesitas una fe para suavizar las cosas, no recurras a los argumentos de un montón de mujeres histéricas. Una persona como tú no deberÃa aceptar nada que no sea adecuadamente demostrable.
—La verdad no me interesa. Quiero un poco de felicidad.
—Eso está muy bien, pero si tienes un mÃnimo de inteligencia, la segunda tiene que estar refrendada por la primera. Cualquier alma cándida es capaz de engañarse con basura mental.
—Me da lo mismo —insistió Gloria, firme en sus trece—, y, lo que es más, no estoy proponiendo ninguna doctrina.
La discusión terminó desapareciendo por sà misma, pero Anthony se acordó de ella en varias ocasiones posteriormente. Le resultaba perturbador encontrar esta vieja creencia, que Gloria habÃa asimilado evidentemente de su madre, reapareciendo de nuevo bajo su disfraz de idea innata.