Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Llegaron a Nueva York en marzo, después de pasar una semana muy cara y muy poco prudente en Hot Springs, y Anthony reanudó sus frustrados intentos de escribir narraciones. Al resultar cada vez más evidente para los dos que la vÃa de escape no iban a encontrarla por el camino de la literatura popular, se produjo un nuevo deterioro de su mutua confianza y aumentó su desánimo. Un complicado forcejeo estaba siempre en marcha entre los dos. Todos los esfuerzos por reducir gastos morÃan de pura inercia, y para marzo volvÃan ya a utilizar cualquier pretexto como excusa para una «fiesta». Adoptando una postura de temeridad, Gloria dejó caer la sugerencia de que deberÃan gastarse alegremente todo el dinero que tenÃan hasta que se terminara… cualquier cosa antes que verlo desaparecer gota a gota sin sacarle el menor partido.
—Gloria, a ti te apetecen las fiestas tanto como a mÃ.
—A mà me da igual. Todo lo que hago está de acuerdo con mis ideas: usar cada minuto de estos años, mientras soy joven, para pasarlo lo mejor posible.
—¿Y después de eso?
—Después todo me dará lo mismo.
—No, no te dará lo mismo.
—Bueno, quizá… pero no podré hacer nada por remediarlo. Y hasta entonces me habré divertido.