Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Anthony, Maury y Dick mandaron solicitudes para ir a un campamento de formación de oficiales, y tanto Noble como Caramel se sentían extrañamente exaltados y libres de todo reproche; hablaban entre sí, como si todavía fuesen estudiantes de universidad, de que la guerra era una excusa y una justificación para los aristócratas, e inventaban una imposible casta de oficiales, compuesta, al parecer, fundamentalmente, por los antiguos alumnos con más personalidad de tres o cuatro universidades del este del país. A Gloria le parecía que bajo aquella gigantesca luz roja que iluminaba a toda América, incluso Anthony adquiría un nuevo encanto.

El Décimo de Infantería, al llegar a Nueva York desde Panamá, se vio escoltado de salón en salón por patrióticos ciudadanos con gran desconcierto por su parte. Los militares procedentes de West Point empezaron a despertar interés por primera vez desde hacía años, y la impresión general era que todo resultaba glorioso, aunque todavía muy poco comparado con las cimas a las que se llegaría muy pronto, y que todo el mundo eran excelentes sujetos, y todas las razas, grandes razas —siempre con la excepción de los alemanes—, y en todos los estratos de la sociedad bastaba que los parias y los cabeza de turco se vistieran de uniforme para que familiares, examigos y completos desconocidos los perdonaran, los animaran y llorasen sobre su hombro.


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