Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Desgraciadamente, un médico de poca estatura pero muy preciso decidió que algo no andaba del todo bien con la presión arterial de Anthony. En conciencia no podía darle el pase para un campamento de formación de oficiales.
Su tercer aniversario de boda pasó inadvertido y sin celebración alguna. Con el deshielo había llegado la tibieza de la primavera, que acabó derritiéndose en verano caluroso, hasta hervir por completo y evaporarse. En julio se presentó el testamento para su validación, y, al ser impugnado, el juez del tribunal testamentario le asignó un período de sesiones para la vista del juicio. El asunto se prolongó hasta septiembre, debido a la dificultad para designar un jurado imparcial, dadas las susceptibilidades morales que entraban en juego. Para decepción de Anthony, cuando finalmente se pronunció el veredicto, fue en favor del testador, después de lo cual Mr. Haight notificó a Edward Shuttleworth que apelaría contra la sentencia.
Mientras el verano llegaba a su fin, Anthony y Gloria hablaron de las cosas que harían cuando el dinero fuese suyo, y de los sitios a los que irían después de la guerra, cuando estuviesen otra vez de acuerdo, porque los dos soñaban con una época futura en la que el amor, resurgiendo como el cisne de sus propias cenizas, viviera de nuevo en su misteriosa e insondable morada.
