Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡Caramba!

—¡Maldita sea!

—¿No se puede fumar?

—¡Eh, amigo, vuelva aquí otra vez!

—¿A qué demonios viene eso?

Dos o tres cigarrillos salieron disparados por las ventanillas abiertas. Otros siguieron dentro, aunque sus propietarios los mantuvieran relativamente escondidos. Desde distintos sitios y con tono jactancioso, o de burla, o de disposición sumisa, surgieron comentarios que enseguida se fundieron con el desganado silencio que todo lo llenaba.

El cuarto ocupante de la sección de Anthony alzó la voz de repente:

—Adiós, libertad —dijo con tono malhumorado—. Adiós todo menos ser el perro faldero de un oficial.

Anthony lo miró. Era un irlandés alto, con una expresión marcada por la indiferencia y el más absoluto desprecio. Sus ojos se posaron sobre Anthony, como si esperara una respuesta, y luego en los demás. Al recibir tan solo una mirada desafiante del italiano, lanzó un gruñido y escupió ruidosamente en el suelo como para justificar dignamente su vuelta al mutismo.

Pocos minutos después la puerta se abrió de nuevo y el alférez reapareció empujado por la misma ráfaga de viento oficial que parecía acompañarlo siempre, pero esta vez gritando algo distinto.


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