Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Inmediatamente todo el mundo se puso a fumar… tanto si con anterioridad habían tenido ganas de hacerlo como si no. El pitillo de Anthony contribuyó a espesar la neblina que parecía moverse de un lado para otro en nubes irisadas con cada movimiento del tren. La conversación, que había decaído entre las dos llamativas visitas del joven oficial, revivió ahora sin mucho entusiasmo; los reclutas que estaban al otro lado del pasillo empezaron a hacer torpes experimentos para determinar la relativa comodidad de sus asientos de paja; dos partidas de cartas, desganadamente empezadas, atrajeron pronto a varios espectadores que ocuparon posiciones en los brazos de los asientos. Al cabo de unos minutos Anthony tomó conciencia de un persistente y molesto sonido: el insolente italiano de corta estatura se había quedado audiblemente dormido. Resultaba penoso contemplar a aquel protoplasma animado, al que tan solo la urbanidad sugería considerar como dotado de razón, encerrado en un vagón por una civilización incomprensible, y llevado a algún sitio para hacer algo muy vago, sin objeto, significado o importancia. Anthony dejó escapar un suspiro, abrió un periódico que no recordaba haber comprado, y se puso a leer aprovechando la débil luz amarillenta que alumbraba el vagón.

Las diez chocaron pesadamente con las once; las horas siguientes tropezaron y se enredaron y avanzaron más despacio.


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