Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Asombrosamente el tren se detenía en medio del campo en tinieblas, permitiéndose de cuando en cuando breves, engañosos movimientos hacia delante o hacia atrás y silbando ásperos himnos en la noche otoñal. Después de leer el periódico de cabo a rabo, editoriales, historietas ilustradas y poemas bélicos, Anthony reparó en un suelto de media columna que llevaba como encabezamiento Shakespeareville, Kansas. Al parecer, la Cámara de Comercio de Shakespeareville había mantenido recientemente un debate lleno de entusiasmo sobre si deberían conocerse a los soldados americanos como «hijos de Sam» o «luchadores cristianos». La idea le hizo sentir náuseas. Cerró el periódico, bostezó y dejó correr la imaginación. Se preguntó por qué Gloria habría llegado tarde. ¡Daba la impresión de haber pasado ya tanto tiempo…! Anthony notó de pronto la soledad como un dolor agudo. Trató de imaginar desde qué ángulo vería ella su nueva posición, qué sitio continuaría ocupando él en sus pensamientos. Aquella idea sirvió para deprimirlo aún más… abrió el periódico y se puso de nuevo a leer.
Los miembros de la Cámara de Comercio de Shakespeareville se habían decidido por los «muchachos de la libertad».