Hermosos y malditos

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Dot superó la depresión que tuvo después arrojándose en los brazos de Cyrus Fielding, hijo de un comerciante local de ropa hecha, que la había saludado desde su coche un día cuando ella pasaba por la acera. Dot sabía perfectamente quién era. Si la muchacha hubiese nacido en un estrato social más alto, él la hubiese conocido antes. Como Dot había descendido un poco más, el círculo terminó por cerrarse. Al cabo de un mes él se marchó a un campamento militar, un poco asustado de la intimidad nacida entre los dos, y algo aliviado al advertir que el interés de Dot por él no era demasiado profundo y que no era del tipo de chicas que crean problemas. Ella tiñó de romanticismo esta aventura, y su propia vanidad le inspiró la mentira piadosa de que era la guerra quien se había llevado a aquellos dos hombres. Sin embargo, llegó a preocuparle que en un espacio de ocho meses hubiese habido tres hombres en su vida. Pensó, con más miedo que asombro en el corazón, que muy pronto sería como aquellas «mujeres malas» de Jackson Street, a las que ella y sus amigas que mascaban chicle y lanzaban risitas todo el tiempo, habían ido a contemplar con ojos fascinados tres años antes.





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