Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Durante algún tiempo trató de tener más cuidado. Siguió permitiendo que los hombres «ligaran» con ella; les dejó que la besaran, e incluso que se tomaran por la fuerza algunas otras libertades, pero no añadió nuevos nombres a su trío de antiguos amantes. Al cabo de varios meses la firmeza de su decisión —o más bien la intensidad de sus miedos— se hallaba muy deteriorada. Se sentía cada vez más inquieta, viéndose adormilada al margen de la vida y del tiempo mientras pasaban los meses de verano. Los soldados que conocía o bien estaban claramente por debajo de ella o bien, de manera menos evidente, por encima de ella, en cuyo caso solo deseaban usarla como a un objeto; eran yanquis, ásperos y sin delicadeza, que aparecían en grandes grupos… Luego conoció a Anthony.
La primera tarde el joven Patch apenas había sido para ella algo más que una agradable cara triste, una voz, una manera de pasar el rato; pero cuando acudió a la cita del sábado lo miró ya con respeto. Descubrió que le gustaba. Sin darse cuenta veía sus propias tragedias reflejadas en la cara de Anthony.
Entraron de nuevo en el cine, y volvieron después a pasear por las calles oscuras y llenas de aromas, esta vez cogidos de la mano, hablando de cuando en cuando en voz baja. Luego cruzaron el portón, camino del diminuto porche…
—Me puedo quedar un rato, ¿verdad?