Hermosos y malditos
Hermosos y malditos ¡Ah, la belle dame sans merci que vivía en su corazón, y se le había dado a conocer en el transitorio esplendor de unos ojos oscuros en el Ritz-Carlton, o de una mirada incorpórea desde un carruaje en movimiento por los senderos del Bois de Boulogne! Pero aquellas noches eran tan solo parte de una canción, una magnificencia recordada… allí estaban otra vez las débiles brisas, las ilusiones, el eterno presente con su promesa de aventura romántica.
—¿Me quieres? —susurró ella—. ¿Me quieres?
El ensueño se había roto… los perdidos fragmentos de estrellas se convirtieron en simple luz, la música en el otro extremo de la calle se transformó en una nota única, en el plañido de las cigarras entre la hierba. Casi con un suspiro Anthony besó su boca encendida, mientras los brazos de Dot se alzaban hasta sus hombros.