Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A medida que las semanas se secaban y se las llevaba el viento, los viajes de Anthony fueron ampliándose, y terminó por conocer el campamento y sus alrededores. Por primera vez en su vida estaba en constante contacto personal con los camareros a los que había dado propinas, con los taxistas que se habían llevado la mano a la gorra para saludarlo, los carpinteros, los fontaneros, los barberos y los granjeros que anteriormente solo se habían hecho notar por la obsequiosidad de sus genuflexiones profesionales. Durante los dos primeros meses en el campamento Anthony no llegó a mantener diez minutos seguidos de conversación con un hombre.
La ocupación de Anthony que figuraba en su hoja de servicios era «estudiante»; en el formulario original había escrito prematuramente «autor»; pero cuando sus compañeros le preguntaban a qué se dedicaba, decía habitualmente que era empleado de banco: si hubiese dicho la verdad (que no trabajaba) lo habrían mirado con desconfianza por ser miembro de las clases adineradas.