Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El sargento de su pelotón, Pop Donnelly, era un «viejo soldado» de pelo ralo, consumido por la bebida. Anteriormente Pop había pasado incontables semanas en prevención, pero recientemente, gracias a la urgente necesidad de instructores, se había visto elevado a su presente apogeo. Su tez estaba cubierta de cráteres, y presentaba una inconfundible semejanza con esas fotografías aéreas de «el campo de batalla en…». Una vez por semana se emborrachaba en la ciudad con aguardiente, volvía calmosamente al campamento y se derrumbaba sobre el catre; cuando salía a formar con los demás al tocar diana, su parecido con una mascarilla mortuoria era realmente extraordinario.
Abrigaba la sorprendente creencia de que, con gran astucia, «se la estaba pegando» al gobierno: había pasado dieciocho años a su servicio por un sueldo insignificante, y pronto se retiraría (al llegar aquí Pop solía hacer un guiño) con la impresionante pensión de cincuenta y cinco dólares al mes. Él lo consideraba una estupenda jugarreta contra las docenas de oficiales que lo habían asustado y se habían reído de él desde que no era más que un campesino de Georgia de diecinueve años.