Hermosos y malditos
Hermosos y malditos En aquel momento había dos tenientes en la compañía: Hopkins y el popular Kretching. A este último se le tuvo por buena persona y excelente líder hasta que un año después desapareció con mil cien dólares del fondo de intendencia y, como tantos otros líderes, resultó extraordinariamente difícil de seguir.
Finalmente se llegaba al capitán Dunning, dios de aquel reducido —aunque autosuficiente— microcosmos. Era un oficial de la reserva, nervioso, enérgico y entusiasta. Esta última cualidad se materializaba con frecuencia, tomando la forma visible de espuma blanca en las comisuras de su boca. Como la mayoría de las personas con mando, el capitán veía a sus soldados estrictamente desde delante, y ante sus ojos esperanzados la compañía parecía ser exactamente la excelente unidad que se merecía una guerra igualmente excelente. A pesar de su mucha ansiedad y ensimismamiento, se lo estaba pasando estupendamente.