Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al llegar este momento, Anthony debiera haberse tambaleado ligeramente, abrumado por tan gran honor. Iba a ser uno del cuarto de millón seleccionado para tan importante tarea. EstarÃa en condiciones de gritar la frase «¡Seguidme!» a otros siete hombres tan asustados como él.
—Usted parece ser un hombre de cierta educación —dijo el capitán Dunning.
—SÃ, mi capitán.
—Eso está bien, eso está bien. La educación es una gran cosa, pero no deje que se le suba a la cabeza. Compórtese como hasta ahora y será un buen soldado.
Con estas palabras de despedida todavÃa resonando en sus oÃdos, el cabo Patch saludó, giró a la derecha, y abandonó la tienda.
Aunque la conversación divirtió mucho a Anthony, también generó la idea de que la vida serÃa más entretenida de sargento o, en el caso de que le hiciese el examen un médico menos exigente, de oficial. SentÃa muy poco interés por el trabajo en la milicia que parecÃa desmentir la valentÃa de que alardeaba el ejército. En las revistas uno no se vestÃa con cuidado para tener buen aspecto, sino para no tenerlo malo.