Hermosos y malditos
Hermosos y malditos El campamento mismo era un deprimente revoltijo, frío, barrido por el viento, y sucio, con la acumulación de porquería que entraña el paso sucesivo de muchas divisiones. Su tren llegó una tarde a las siete, y tuvieron que esperar seis horas formando cola hasta que se solucionó el enredo militar en algún lugar delante de ellos. Los oficiales iban y venían corriendo sin cesar, dando órdenes y organizando un gran tumulto. Luego resultó que toda la agitación había tenido origen en el coronel, que estaba muy enfadado porque era de West Point y la guerra iba a terminar antes de que él llegara a Europa. Si los gobiernos beligerantes tomaran conciencia del número de corazones destrozados entre los antiguos graduados de West Point durante aquella semana, sin duda alguna habrían prolongado la carnicería un mes más. ¡Era difícil imaginar algo más lamentable!
Al contemplar —en muchas millas a la redonda— la desolada acumulación de tiendas sobre un pisoteado cenagal de nieve derretida, Anthony comprendió la imposibilidad práctica de llegar a pie hasta un teléfono aquella misma noche. Llamaría a Gloria en la primera oportunidad que se le presentara por la mañana.
Cuando al día siguiente se levantó al toque de diana, en un amanecer frío y desapacible, Anthony tuvo que escuchar a pie firme una vehemente arenga del capitán Dunning: