Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A las cinco aún estaba despierta. Un misterioso ruido como de alguien moliendo que le llegaba todas las mañanas a través del patio le informó de la hora que era. Oyó sonar un reloj despertador y vio una luz que creaba una ventana ilusoria en la lisa pared de enfrente. Con la decisión medio formada de seguir a Anthony hacia el sur inmediatamente, su dolor se hizo remoto e irreal y terminó por desaparecer mientras la oscuridad se trasladaba hacia el oeste. Finalmente se quedó dormida.
Al despertarse, la contemplación de una cama vacÃa al lado de la suya la hizo sentirse desgraciada otra vez, pero su dolor, gracias a la inevitable insensibilidad que trae consigo una mañana soleada, duró muy poco tiempo. Aunque no era consciente de ello, Gloria sintió cierto alivio al tomarse el desayuno sin tener enfrente el rostro cansado y preocupado de Anthony. Ahora que estaba sola, descubrió que habÃa perdido las ganas de quejarse de la comida. Pensó en cambiar el menú del desayuno: tomarÃa una limonada y un sándwich de tomate en lugar de los sempiternos huevos con bacón y pan tostado.
Sin embargo, cuando al mediodÃa llamó por teléfono a varios conocidos, incluida la marcial Muriel, y descubrió que todos tenÃan compromisos para el almuerzo, se sintió llena de tranquila compasión de sà misma y muy consciente de su soledad. Acurrucada en la cama con papel y lápiz escribió otra vez a Anthony.