Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Transcurrió una semana antes de que Gloria pudiera quedarse en el apartamento sin echarse a llorar inevitablemente. Parecía haber muy pocas ocupaciones divertidas en Nueva York. Muriel había sido trasladada a un hospital en New Jersey y solo se tomaba un descanso en la gran metrópoli cada dos semanas, y ante aquella defección Gloria llegó a darse cuenta de las pocas amistades que había hecho en todos sus años en Nueva York. Los hombres que conocía estaban en el ejército. «¿Hombres que conocía…?» Más o menos Gloria se había hecho a sí misma la concesión de que todos los hombres que habían estado enamorados de ella eran amigos suyos. Cada uno de ellos había manifestado durante un considerable espacio de tiempo que valoraban su amistad más que ninguna otra cosa en la vida. Pero ahora… ¿dónde estaban? Por lo menos dos habían muerto, media docena o más se habían casado, y el resto andaba desperdigado desde Francia hasta las Filipinas. Se preguntó si alguno de ellos pensaría en ella, y con qué frecuencia, y con qué motivo. La mayoría se la imaginarían aún como una jovencita de diecisiete abriles, la sirena adolescente de nueve años antes.