Hermosos y malditos
Hermosos y malditos También las chicas se habían ido muy lejos. Gloria nunca había gozado de mucha popularidad en sus años de estudiante. Era demasiado hermosa, demasiado perezosa, no suficientemente consciente de ser una chica de Farmover y una «Futura Esposa y Madre» en perpetuas mayúsculas. Y condiscípulas que nunca habían sido besadas insinuaban, con expresión ofendida en sus rostros feos y no particularmente saludables, que Gloria sí lo había sido. Luego aquellas chicas se habían ido al este o al oeste o al sur, casándose y convirtiéndose en «gente», y profetizando, si es que profetizaban acerca de Gloria, que terminaría mal… sin saber que no había finales malos, y que tampoco ellas eran, en absoluto, dueñas de su destino.
Gloria se estuvo repitiendo los nombres de las personas que habían ido a visitarlos a la casa gris de Marietta. Por aquel entonces parecía que siempre estaban acompañados… incluso había llegado a aceptar tácitamente que todos sus invitados quedaban después ligeramente en deuda con ella. Le debían algo así como diez dólares morales por cabeza, y si alguna vez lo necesitara podría, por así decirlo, pedirles un préstamo de aquel capital imaginario. Pero se habían marchado todos, aventados como la paja, desvaneciéndose misteriosa y sutilmente en esencia o de hecho.