Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Para navidades el convencimiento de Gloria de que debería reunirse con Anthony había vuelto a aparecer, no ya como emoción repentina, sino como necesidad recurrente. Decidió incluso anunciarle por carta su llegada, pero optó por posponerlo aconsejada por Mr. Haight, quien casi semanalmente tenía esperanzas de que se celebrara el juicio ante el tribunal de apelación.
Un día, a principios de enero, cuando Gloria paseaba por la Quinta Avenida, animada ahora por la presencia de muy distintos uniformes y en la que ondeaban además las banderas de las naciones virtuosas, se encontró con Rachel Barnes, a quien no había visto desde hacía casi un año. Incluso Rachel, que había llegado a hacérsele antipática, era un alivio contra el aburrimiento, y se fueron juntas al Ritz para tomar el té.
Después del segundo cóctel las dos se entusiasmaron y sintieron una gran simpatía mutua. Hablaron de sus maridos, Rachel en ese tono de pública vanagloria con reticencias privadas que las esposas acostumbran a emplear.
—Rodman está en Europa en el Servicio de Intendencia. Es capitán. Quería ir a toda costa, y no creyó que consiguiera un puesto en ningún otro sitio.
—Anthony está en Infantería. —Aquellas palabras, con la ayuda del cóctel, hicieron que Gloria sintiera una especie de agradable calor. Con cada sorbo se acercaba más a un cálido y reconfortante patriotismo.