Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Miembro de Scroll and Keys en la universidad de Yale, Tudor Baird poseía la discreción de todo «buen chico», las nociones correctas de caballerosidad y noblesse obligue —y, por supuesto aunque desgraciadamente, los prejuicios correctos y la correcta falta de ideas—, rasgos todos que Anthony había enseñado a Gloria a despreciar pero que, sin embargo, ella más bien admiraba. A diferencia de la mayoría de los de su tipo, Gloria no encontraba que fuese un pelmazo. Tudor Baird era bien parecido, ingenioso sin pasarse de la raya, y cuando estaba con él Gloria sentía que debido a alguna cualidad que poseía —llámesela estupidez, lealtad, sentimentalismo, o algo no tan claramente definido como cualquiera de esas tres cosas— habría hecho siempre todo lo que estuviera en su mano para complacerla.

Esto se lo dijo a ella, además de otras cosas, de forma muy correcta y con una actitud solemne y varonil que ocultaba un auténtico sufrimiento. Sin estar enamorada en absoluto, Gloria se compadeció de él y una noche lo besó sentimentalmente porque era encantador, reliquia de una generación a punto de desaparecer que había vivido una ilusión absurda y elegante al mismo tiempo y que estaba siendo sustituida por otros estúpidos mucho menos caballerosos. Después se alegró de haberlo besado, porque al día siguiente, cuando su avión descendió mil quinientos pies en Mineola, una pieza de un motor le atravesó el corazón.


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