Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Aquí me tienes, con treinta y dos años. Supongamos que empezase a trabajar en algún negocio absurdo. Quizá al cabo de dos años ganara cincuenta dólares al mes… con mucha suerte. Eso en el caso de que consiguiera un empleo; hay muchísimo paro. Bien, supongamos que llego a ganar cincuenta a la semana. ¿Crees que me sentiría feliz? ¿Crees que sin el dinero de mi abuelo la vida me resultará soportable?

Muriel sonrió con su característico aire de autocomplacencia.

—Bueno —dijo ella—, eso tal vez sea muy inteligente pero carece de sentido común.

Unos pocos minutos después llegó Gloria, dando la impresión de traer al apartamento un oscuro color, impreciso y extraño. Aunque sin manifestarlo apenas, se alegró de ver a Muriel. A Anthony lo saludó con un «Hola» indiferente.

—He estado hablando de filosofía con tu marido —exclamó la indomable miss Kane.

—Hemos examinado algunos conceptos fundamentales —dijo Anthony con una débil sonrisa que subrayó la palidez de sus mejillas, acentuada ya por una barba de dos días.

Sin prestar atención a la ironía de Anthony, Muriel repitió sus argumento s.


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