Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Bien —objetó Anthony, que lo estaba pasando bastante bien—, aun concediéndote eso, tú sabes que en la práctica la vida nunca presenta problemas tan bien definidos, ¿no es cierto?
—En mi caso sà lo hace. Existen determinados principios que nada me harÃa violar.
—Pero ¿cómo sabes cuándo los estás violando? Tú también tienes que tratar de acertar, igual que la mayorÃa de la gente. Tienes que repartir los valores cuando miras atrás. Es entonces cuando acabas el retrato… cuando pintas los detalles y las sombras.
Dick movió la cabeza con noble testarudez.
—El mismo cÃnico inútil de siempre — dijo—. No es más que una forma de compadecerte de ti mismo. Tú no haces nada… por consiguiente, nada tiene importancia.
—Soy perfectamente capaz de compadecerme de mà mismo —reconoció Anthony—; y tampoco pretendo que le esté sacando a la vida tanto partido como tú.
—Tú dices… o al menos solÃas decirlo… que la felicidad es la única cosa de la vida que merece la pena. ¿Crees que eres más feliz por practicar el pesimismo?
Anthony gruñó violentamente. El placer que le proporcionaba la conversación empezaba a desvanecerse. Estaba nervioso y necesitaba un trago.