Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¡Caramba! —exclamó—, ¿dónde vives? No quisiera pasarme toda la tarde andando.
—Tu aguante es solo mental, ¿no es cierto? —le contestó Dick con tono cortante—. No te preocupes, vivo aquà mismo.
Caramel entró en el portal de una casa de apartamentos en la calle Cuarenta y nueve, y poco después estaban los dos en una amplia habitación nueva con una chimenea y cuatro paredes cubiertas de libros. Un mayordomo de color les sirvió ginebra con azúcar, limón y agua, y la primera hora transcurrió en una atmósfera de cortesÃa, ayudada por el regular descenso del contenido de sus vasos y la tibieza de un suave fuego de mediados de otoño.
—Las artes están muy viejas — dijo Anthony al cabo de un rato. Después de unos pocos vasos sus nervios se tranquilizaron y descubrió que podÃa pensar de nuevo.
—¿Qué arte?