Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Sorprendentemente, estaba casi sereno. Sin mover la cabeza, miró hacia donde la luna estaba anclada en mitad del cielo, derramando luz sobre Claremont Avenue como si fuera el fondo de un profundo e inexplorado abismo. No había ningún signo de vida ni se oía ningún sonido con la excepción de un zumbido continuo en sus propios oídos, pero al cabo de un momento el mismo Anthony rompió el silencio con un murmullo muy claro y peculiar. Era el sonido que había querido hacer todo el tiempo en el Boul’ Mich’, cuando estaba delante de Bloeckman: el sonido inconfundible de una risotada irónica. Y en sus labios rotos y sangrantes fue como una lastimosa basca del alma.