Hermosos y malditos

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Tres semanas después el pleito llegó a su fin. El ovillo de los trámites burocráticos —al parecer interminable—, que llevaba cuatro años devanándose, se rompió de pronto. Anthony y Gloria y, por el otro lado, Edward Shuttleworth y un pelotón de beneficiarios, prestaron declaración, mintieron y, en general, se comportaron groseramente de acuerdo con sus respectivos niveles de avaricia y desesperación. Anthony se despertó una mañana de marzo dándose cuenta de que la sentencia se dictaría a las cuatro de la tarde, y aquella idea bastó para que se levantara de la cama y empezara a vestirse. A pesar de que estaba muy nervioso, el joven Patch sentía un injustificado optimismo en cuanto al resultado final. Creía que la sentencia del tribunal inferior sería revocada, aunque fuese tan solo por la reacción —debido a los excesos del prohibicionismo— que se había producido recientemente contra las reformas y los reformistas. Tenía más confianza en la eficacia de sus ataques personales contra Shuttleworth que en los aspectos estrictamente legales del proceso.

Después de vestirse se tomó un whisky y fue al cuarto de Gloria. Su mujer estaba ya completamente despierta. Llevaba una semana en la cama, por puro capricho, en opinión de Anthony, aunque el médico había dicho que era mejor no molestarla.


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