Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Buenos dÃas —murmuró ella, sin sonreÃr. Sus ojos parecÃan más grandes y oscuros que de costumbre.
—¿Qué tal te encuentras? —le preguntó él de mala gana—. ¿Mejor?
—SÃ.
—¿Mucho mejor?
—SÃ.
—¿Te sientes suficientemente bien como para ir conmigo al juzgado esta tarde?
Gloria asintió con la cabeza.
—SÃ. Quiero ir. Dick dijo ayer que, si hacÃa buen tiempo, vendrÃa con el coche e irÃamos a dar un paseo por Central Park… y fÃjate en cuánto sol entra por la ventana.
Anthony volvió la cabeza mecánicamente y luego se sentó en la cama.
—¡Qué nervios tengo! —exclamó.
—Por favor, no te sientes ahà —dijo ella enseguida.
—¿Por qué no?
—Hueles a whisky. No puedo soportarlo.
Anthony se levantó distraÃdamente y abandonó la habitación. Un poco después ella lo llamó y el joven Patch salió a la calle y le trajo un poco de ensaladilla de patata y pollo frÃo de la delicatessen.