Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A las dos en punto el coche de Richard Caramel se detuvo delante de la puerta y, cuando llamó por el telefonillo interior, Anthony bajó con Gloria en el ascensor y la acompañó hasta el bordillo de la acera.
Gloria agradeció a su primo que la llevara a dar un paseo.
—No seas tonta —replicó Dick con tono desdeñoso—. ¡Vaya favor!
Pero, en realidad, no pensaba que su gesto careciera de importancia y la razón era muy curiosa. Richard Caramel había perdonado muchas ofensas a mucha gente. Pero nunca había perdonado a su prima, Gloria Gilbert, una afirmación que había hecho inmediatamente antes de su boda, siete años atrás. Había dicho que no tenía intención de leer su novela.
Richard Caramel lo recordaba; lo había recordado con frecuencia durante aquellos siete años.
—¿A qué hora pensáis volver? —preguntó Anthony.
—No vendremos aquí —respondió ella—; nos reuniremos en el juzgado a las cuatro.
—De acuerdo —murmuró él—; allí nos veremos.