Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Al volver al apartamento encontró una carta esperándole. Era una circular pidiendo a «los muchachos» con un lenguaje condescendientemente campechano que pagaran la cuota de la Legión Americana. Anthony tiró la carta a la papelera con gesto impaciente y, después de sentarse —con los codos apoyados en el antepecho de la ventana—, se puso a mirar, aunque sin verla, la calle soleada.

Italia; un veredicto favorable significaba Italia. Aquella palabra se había convertido para él en una especie de talismán, en un lugar donde sería posible desprenderse de las intolerables ansiedades de la existencia como si se tratara de un traje viejo. Irían primero a los balnearios y entre multitudes alegres y llenas de colorido olvidarían las grises secuelas de la desesperación. Maravillosamente renovado, Anthony pasearía de nuevo por la Piazza di Spagna al atardecer, entre aquella muchedumbre a la deriva de mujeres morenas, mendigos harapientos y austeros frailes descalzos. El recuerdo de las mujeres italianas le produjo una suave exaltación; cuando su bolsa estuviera otra vez llena, incluso las ilusiones románticas podrían volver a posarse en ella: el hechizo romántico de los azules canales de Venecia, de las doradas colinas verdeantes de Fiésole después de la lluvia, y de las mujeres, mujeres que cambiaban, se disolvían y mezclaban con otras mujeres hasta alejarse de su vida, pero sin perder jamás ni juventud ni belleza.


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