Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Pero a Anthony le parecía que tendría que haber una diferencia en su actitud. Todas las aflicciones de su existencia, todos los pesares y dolores, habían tenido por causa a las mujeres. Se los habían infligido de maneras distintas, inconscientemente, casi con indiferencia; quizá al darse cuenta de su idealismo y de que estaba asustado, mataban en él todo lo que pudiera oponerse a su absoluto dominio.
Al apartarse de la ventana se enfrentó con su imagen en el espejo, y estuvo contemplando con abatimiento el rostro descolorido, los ojos con su entramado de líneas como filamentos de sangre coagulada, la figura encorvada y flácida cuya misma inclinación era todo un ejemplo de apatía. Era un hombre de treinta y tres años, y parecía tener cuarenta. Bueno, las cosas cambiarían.
El timbre de la puerta sonó ásperamente y Anthony se sobresaltó como si le hubiesen asestado un golpe. Una vez repuesto salió al vestíbulo y abrió la puerta de la calle. Era Dot.