Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Dot hablaba con terrible seriedad. Sus ojos de color violeta estaban enrojecidos por las lágrimas; su suave entonación quedaba rota por pequeños gemidos jadeantes.
Aquello era todo. No habÃa cambiado en absoluto. QuerÃa a Anthony ahora, y si no podÃa ser suyo, morirÃa…
—Tendrás que marcharte —dijo él finalmente, hablando con retorcida intensidad—. ¿Es que no tengo suficientes preocupaciones sin necesidad de que aparezcas tú? ¡Dios mÃo! ¡Vas a tener que marcharte!
Sollozando, Dot se sentó.
—Te quiero —exclamó—. ¡No me importa lo que me digas! Te quiero.
—¡Me tiene sin cuidado! —casi chilló él—; ¡vete de aquÃ! ¿Es que no me has hecho suficiente daño? ¿Es que no te basta?
—¡Pégame! —le imploró ella, frenética, estúpidamente—. ¡Pégame y besaré la mano con que me pegues!
La voz de Anthony se alzó hasta casi convertirse en un grito.
—¡Te mato! —exclamó—. ¡Si no te marchas, te mato, te aseguro que te mato!
La locura brillaba ya en sus ojos, pero, sin arredrarse, Dot se puso en pie y dio un paso hacia él.
—¡Anthony! ¡Anthony!